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Mostrando entradas con la etiqueta Amor Postmoderno. Mostrar todas las entradas

El misterio del primer negativo



Por: María Juliana Serrano

Esta “entrada navideña” si es que así se puede denominar, nace bajo la máxima de una las mentes más contribuyentes y menos brillantes de la humanidad, Albert Einstein. “Si quieres resultados diferentes, has cosas distintas” decía. Pasados dos meses de mi último intento fallido de relación sentimental, me encuentro solitaria y con un deseo ferviente de no volver a enamorarme. Aunque esta decepción amorosa, no fue mi primera y sé que no será la última, debo aceptar que fue la primera vez que me permití sentir algo por alguien. Retomando la sabiduría popular de los “chic-flicks" reconozco que de él “me gustó hasta aquello que nadie más tolera.” 
Estuve tanto tiempo tratando de auto-convencerme de que el individuo, con que había compartido unas cuantas palabras y mi primera vez acampando, no era de mi agrado que cuando acepte la realidad ya era demasiado tarde. No puede saber si mi primera entrega de vulnerabilidad fue correspondida, me mandaron a la mierda con el deseo de que tuviera una vida feliz. Me pregunto cómo puedo tener una vida completamente feliz si no puedo compartirla momentáneamente con quien quiero. Digo momentáneamente porque es probable que todo se acabará tarde o temprano, pero duele pensar que lo que no empieza del todo se termina acabando a medias. 
A pesar de los comentarios de amigos, familiares, conocidos, chismosos entre otros, acerca de cómo una debe seguir adelante y no quedarse stucked en una situación, me es difícil olvidar que perdí lo que nunca supe si tuve. Me quedo latente la pregunta de si alguna vez, así fuera por un instante, mis sentimientos fueron correspondidos, y de qué hubiera pasado si mi actitud hubiera sido diferente. “Si quieres resultados diferentes, has cosas distintas” me repito una y otra vez, pero es inevitable no tratar de aplicar dicha premisa al pasado. 
Al aplicarla al presente, debo admitir que ha funcionado de una que otra forma. He conocido algunos individuos, pero parecen ser uno más, uno de esos que te brindaran compañía y felicidad momentáneas. Esta entrada, más que proponer una solución o llegar a una respuesta epifánica, es una invitación a pensar en porqué hay nombres que se nos quedan tatuados en la cabeza y no es complicadísimo borrarlos. Dicen que una debe tener dignidad, y que nunca se debe a poner a “mendigar amor” pero qué hacer cuando contra todo pronóstico, haber regalado nuestra vulnerabilidad nos reproduce infinitamente el negativo de la foto que no fue, ni será nuestra. 

La inseguridad conformista

Por: María Juliana Serrano



Magazines repletos de rostros y cuerpos ideales. Medios de comunicación saturados de “respuestas” a las preguntas de “how to x o y”. Una ya no es una, es la reproducción de la reproducción del ideal de los otros; ideal que ya no es de nadie, que vive y respira por si solo. Cuántas veces no nos hemos preguntado porqué hay mujeres que tienen tales cosas y nosotras no; qué es lo que le ven a los otros que no lo ven en mi; qué debo ser para ser, para existir, nada más incierto y más triste. Las viejas de look ideal viven torturándose por conservar una apariencia que ya no les pertenece, que es pública; las que la tienen a medias, se martirizan por alcanzarla de una u otra manera; las que no la tienen, simplemente continúan alimentando el monstruo de la desdicha. Y lo que todas tienen en común es el virus de la “inseguridad conformista.” Que quizás si me bajo unos kilos conseguiré todo lo que quiero tener, que si me comporto de una manera las fronteras de mi circulo social alcanzaran picos más altos, entre otras cosas, son las aspiraciones que continúan alimentando el ya mencionado virus. No es que una, vaya por ahí cometiendo atrocidades, o viva sin importar su estado de salud, pero el que los ideales se estén llevando al extremo y  aún cuando nos sentimos pésimo los continuemos legitimando es una terrible enfermedad. La invitación es que si bien ser bello importa, lo más relevante es alcanzar esa belleza desde nuestros propios parámetros. Reafirmar nuestras cualidades físicas, mentales y espirituales, y no procurar ser una versión intervenida por la sociedad en su papel de cirujano plástico. 

Follar la mente

Por María Juliana Serrano


Hace poco leí en uno de los pocos buenos periódicos que hay en esta ciudad un artículo titulado “El clítoris no es un timbre.” Me resultó de lo más excelente saber que alguien por fin hace consciencia de eso. Que cuando una está en el momento, lo que menos quiere es que la traten como un botón de on-off; la razón más simple es que lo que más la calienta a una es el fore-play, como esa frase que dice que sólo deseamos más fervientemente lo que se demora en llegar. Y si bien, nosotras también nos equivocamos al momento de follar, tirar, hacer el amor o como se le quiera decir, les tengo noticias: no hay nada tan importante como que sepan jugar y bien. Aunque es parcialmente cierto lo que muchos dicen de que la duración, el tamaño y demás cosas importan, a la hora de la verdad es todo el coqueteo previo el que más nos pone a punto. El que la inviten a una a comer, a bailar, le pongan música, se porten sexys y cariñosos, es mucho más importante para la excitación de una que el que se pongan a elegir uno de los dos extremos: muy patán o muy melancólico. No estoy diciendo, que una se lo va a dar a todo patizambo que una se encuentre y cumpla con estos requisitos. A la hora de la verdad, hay muchas más cosas involucradas en el sexo que una atracción netamente carnal u emocional. Eso me hace recordar una frase que marco mi manera de ver la sexualidad: “Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer, conocer, poseer, dominar, admirar, LA MENTE, yo hago el amor con las mentes, hay que follarse a las mentes.” 

Enamorarse o la toxicidad




Dicen por ahí que enamorarse además de ser un capricho de la soledad, es una reacción químico-neurológica; será entonces que cada uno de nuestros antojitos es netamente científico. Me parece tristísimo tener que aceptar alguna de estás dos tesis que buscan permear nuestro imaginario colectivo. Que si una se enamora puede ser por muchas cosas más, o eso creemos mi pequeño aldea imaginaria y yo. Además  si enamorarse fuera una vaina tan científico-impulsivo-emocional porqué muchos de nosotros nos aculillamos y buscamos excusas pendejas para no dejarnos “fluir.” Es que no me cabe en la cabeza (¿será que la tengo muy pequeña?) cómo es posible, que una encuentre una cantidad infinitesimal de razones para auto-convencerse de que el prospecto es o no es. Como era de bonito antes cuando los romances más hirsutos parecían desarrollarse sin ningún bollo de: “es que he tenido muy malas experiencias” o “no es el momento, quizás después” o “me recuerdas tal o cual cosa.” A ver, no es que yo crea que uno tiene que ir por la calle y zim caer en las garras del primer pati-zambo que se le atraviese, ni más faltaba. Pero, porqué tenemos tanto miedo de dejarnos llevar. En últimas, no tenemos que hacer ningún acuerdo pre-nupcial o en casos más reales pre-novial para tener la certeza de que no tenemos nada que perder intentándolo. 

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Crónica Secreta Parte IV - El Final

Esta es la conclusión de la crónica que escribí sobre una niña peculiar, coleccionista de experiencias, historias, escenas y personas. 

Crónica Secreta: Parte III

Continúa la historia de Daniela, la coleccionista de experiencias y personas. Pueden encontrar la primera y segunda parte aquí:
Parte I

Crónica Secreta: La Coleccionista - Parte II

III – El Modus Operandi
Daniela convirtió esta peculiar costumbre en un motivo de preocupación. Paralelo a su aburrida vida, como ella siempre dice, coexistía una intimidad multidimensional que poco a poco le carcomía el pensamiento y se convertía en amo de sus vivencias. Cuando se graduó del colegio, sus papás decidieron volver a su ciudad de origen, Cartagena, así que la organizaron en un apartamento aledaño a su Universidad. Gracias a su situación económica acomodada, nunca tuvo la necesidad de compartir su morada con amigos o desconocidos. “Cuando por fin me mudé sola ¡se me quitó un peso de encima! Ya no tenía que esconderme, ni darle explicaciones a mis papás de lo que hacía. No te tenía que preocupar de borrar todo cuando mi mamá me pedía la cámara para sus cosas, ni tenía que vivir con todo encima para que la empleada no lo encontrara en mi cuarto cuando hacía aseo”.

La soledad al contrario de ser un problema, se convirtió en su mejor aliada. Su relativamente nueva vida fue el escenario perfecto para llevar su arte a un nuevo nivel. Daniela ahora quería experimentar nuevas cosas, y como siempre, documentar cada gemir, cada roce, cada instante, por efímero que fuese. Era momento de buscar la primera víctima de su placer, a un tercero que la acompañara y desbordara el lente de su cámara. Con esta intención en mente, no dudó en asistir a una de las fiestas a las que siempre la invitaban, pero que antes de ese día se había rehusado a ir. Antes de salir de su apartamento, arregló su cuarto sin mucho esmero, para que un ligero desorden pudiera justificar dos montones sospechosamente instalados en extremos opuestos de la habitación. Allí, debajo de algunos papeles y ropa sucia colocó sus dos cámaras, su fiel y antigua  partner in crime y la nueva y mucho más sofisticada cámara profesional que le habían regalado por su grado. Decidió mantener el nivel de alcohol en su cuerpo al mínimo, no podía dejar nada al azar.

De manera meticulosa eligió un niño desconocido para ella, pero amigo de sus amigos para sentir un poco de seguridad, bailaron gran parte de la noche, y cuando el grupo con el que estaba se decidió por ir a continuar la celebración en la casa de alguno de ellos, Daniela le susurró al oído “Mejor rematamos en mi casa”, propuesta efectiva, a la que rara vez un hombre se resiste. Cogieron el primer taxi que pudieron y al llegar, el chico en cuestión difícilmente podía aguantar sus ganas. Ella le pidió que la esperara un momento en la sala, que llamara a la tienda 24 horas y pidiera condones y algo de tomar. Entretanto, fue a su cuarto y terminó de ajustar los últimos detalles, abrió la cortina para que entrara suficiente luz de la calle, y prendió ambas cámaras. Ella en ningún momento pretendía compartir su secreto con los demás, ni siquiera con su pareja de la noche, “A mí me gusta grabarme sola, no me gusta decirle a nadie, porque aunque sé que me estoy aprovechando un poco de ellos, o ellas algunas veces, odio que después me vayan a pedir los videos, que vayan a creer que lo hago solo por hacerme la interesante o la ninfómana… Es muy distinto”. El resto de la velada transcurrió de manera rápida, más de lo que ella hubiera querido, y el sujeto que la acompañaba nunca sospechó siquiera de la situación en la que había entrado a jugar.


No pasó mucho tiempo para que repitiera la experiencia, y poco a poco fue ideando nuevas formas de pasar desapercibida y lograr su cometido. Lo único que para ella necesitaba permanecer constante era el lugar, hasta el momento no podía concebir que pudiera seguir obteniendo adiciones para su cada vez mayor colección de momentos, fuera de su habitación. Sin embargo a medida que se perfeccionaba metodológica y técnicamente, su ambición iba creciendo, y como una adicta, necesitaba dosis más significativas para poder seguir satisfaciéndose.  En sus palabras: “Así como muchos de mis amigos meten pepas y yerba, yo me grabo. Ya ni siquiera puedo pensar en acostarme con alguien si planificar en mi mente qué y cómo vamos a hacer las cosas”.

Crónica Secreta - Parte I

Escribí esta crónica sobre una niña obsesionada. La publicaré en 4 partes durante el mes. Bienvenidos a este jardín secreto...

La Coleccionista



I – Anatomía de una obsesión
Julio Cortázar escribió dentro de sus Historias de Cronopios y de Famas un manual de instrucciones. En la introducción explica la imperiosa necesidad de combatir lo común de los días, la cansada rutina, con una lista de instrucciones para realizar las tareas más sencillas e inherentes con una sensibilidad casi artística. Es de aquellos momentos que la vida se nutre, de esos pequeños salvavidas donde se busca rescatar las cosas perdidas. En el caso de las obsesiones, las ideas fijas para conseguir una estética personal y privada, se convierten siempre en una burbuja de deseos sublimados y extra-temporales, que creando un espacio novedoso, trascienden en la experiencia de cada individuo.
La necesidad de construir esta crónica basada en la manifestación erótica que surge de las obsesiones personales, es útil en cuanto a su improductividad. Es por esto, y a manera de abogacía por lo sugestivo, lo secreto y la ambigüedad, que es imperativo definir las obsesiones como una práctica subversiva que florece en medio de una sociedad acostumbrada por completo a la inmediatez artificial de la pornografía que transforma la sexualidad en un producto comercial.
La palabra –obsesión- tiene un significado más diverso por su condicionamiento a conceptos socio-culturales, que por definición etimológica. En el sentido literal, quiere decir “La perturbación anímica producida por una idea fija”, y también es sinónimo de manía, obstinación y empeño. Sin embargo, culturalmente suele poseer una conjetura negativa, ya que se asocia igualmente a un comportamiento turbado, enfermizo y anormal. El obsesivo es aquel personaje insistente, con un comportamiento insensato, que termina estremeciendo en alguna medida el orden público, en cuanto a lo moral y ético.  De este término se derivan las ideas de perversión, fetiche, aberración y desviación. Todos estos conceptos están intrincadamente ligados, en un sincretismo definitivo, en medio del cual también aparece la concepción de lo prohibido, lo público y lo privado.
Es entonces como toma forma una obsesión, fijando toda la atención entre un gusto en principio racional que termina siendo dominado por las pasiones más profundas, desarrollando así una fijación que se extiende al plano espacio-temporal. La excusa generalmente es un objeto, una persona, una idea. De ahí en adelante, la obsesión comienza a escalar en proporción, determinando así los diferentes niveles a los que puede llegar un sujeto específico.


II – La Motivación
A primera vista, una niña de baja estatura, pelo oscuro ondulado y largo, y de contextura tan delgada que pareciera como si la menor brisa la fuera a desaparecer. Tiene una presencia frágil, como si cada paso que diera pidiera disculpas de antemano. Sin que diga una palabra, cualquiera adivinaría con facilidad que es tímida, pero como ella dice “soy muy escorpio”, así que su tierna mirada tiene un magnetismo como pocas, como si te dijera que nunca la vas a terminar de conocer.  Daniela comenzó a estudiar Artes Visuales hace 3 años. Desde que recuerda ha estado obsesionada con la idea del tiempo. A medida que éste transcurre la ha llevado a indagar sobre su omnipresencia y omnipotencia. Para ella, el tiempo es dios.
Cuando cumplió 15 años pidió a sus padres un viaje y una cámara fotográfica. Por las usuales pretensiones de su mamá y la ausencia perpetua de su papá, pensó que ninguno haría caso a sus requerimientos, sin embargo se sorprendió aquel día cuando al volver del colegio tenía sobre su cama la caja de una cámara pequeña, con muchas funciones, entre ellas grabar vídeos sin sonido. El viaje vino después, pero para ella lo más importante ya estaba en su poder. Así comenzó a experimentar haciendo vídeos caseros y fotos, diariamente. Recuerda incluso que vio en YouTube a un hombre que había hecho un vídeo con la recopilación de fotografías que se tomaba a sí mismo a lo largo de los años, la secuencia mostraba su evolución en pocos minutos. Aquel proyecto materializaba ese afán extraño que siempre había sentido, el de superar al tiempo, moldearlo, modificarlo y tratarlo a su antojo.

En medio de su nuevo pasatiempo, los cambios hormonales y los afanes adolescentes por experimentar y relacionarse, la aquejaban. “Hasta ese momento nunca había sido una persona muy sexual, creía que nada de esas cosas me interesaban como a mis amigos, pero había días en que era imposible ignorar a mi cuerpo”. Así fue como empezó a fusionar su pasión metafísica y artística con las pulsiones corporales que sufría.  Explorando la red encontraba cientos de mujeres y hombres que se grababan por medio de sus web cams, vídeos “amateur”, donde personas sin aparente experiencia aportaban una gota al vasto océano cibernético. Era eso lo que a ella le interesaba, además de capturar su cotidianidad, como ya venía haciendo, enjaular en clips de video los cambios físicos y mentales que atravesaba.
La primera vez que utilizó su cámara con fines eróticos lo hizo sola, al principio nunca pretendió incluir a otra persona, incluso aunque tenía un novio y creía estar enamorada. Tendría 16 o 17 años, y ya por varios meses había rondado la idea de intimar con su cámara. Cuenta que se levantó en la madrugada a causa de un sueño erótico que la había impactado por el extremo realismo de las sensaciones que le produjo, abrió los ojos y ya tenía la mano entre las piernas. Prendió una luz en su mesa de noche, tomó rápidamente su cámara y en modo de video oprimió el obturador. Cuando amaneció sentía una sensación de placentera vergüenza que la invadía, sentía la dicotomía entre haber pisado terreno prohibido y haber captado la esencia de lo que siempre estaba buscando. Había empezado un nuevo ritual.

Con el paso de los años, Daniela comenzó a explorarse con la cámara, su experiencia se conjugaba, en principio, con la post-producción de sus vídeos. Sus orgasmos se prolongaban en una sensación que ella compara apropiadamente con la del cazador al obtener su presa, descuartizarla, prepararla y luego engullirla. No era entonces el acto sexual personal que se limita a unos minutos de placer intenso, lo que ella sentía era una apropiación casi literal de su erotismo. Sus secretos ahora se materializaban, y todas las sensaciones derivadas de eso la llevaban a apreciar y guardar con recelo y enorme cuidado cada cosa que hacía.


El cuento de hadas moderno.


Llevo varios días pensando en cómo empezar este post. Es algo que de un tiempo para acá he ido pensando, según las cosas que me han pasado a mí y a mis amigas. Aunque en principio suene como un tema denso y hasta ladrilludo, quiero hablar sobre la manera como se ha reformulado el rol de la mujer en la sociedad. Como este es un blog y no un ensayo para la universidad, lo más probable es que no quieran que entre en detalles filosóficos. Sin embargo creo que es necesario pensar en cómo hemos quedado, a mi parecer, en un intermedio existencial extraño. Antes se sabía todo lo que una mujer no podía hacer y de qué forma debía desempeñar su vida para el agrado de la sociedad. Hoy en cambio se habla de la liberación de la mujer, de la igualdad entre los sexos y un montón de mitos más que para mí en realidad no significan nada.


Con esto no quiero que piensen que soy una de esas tantas mujeres que todavía cree en aquellos valores irracionales de antaño que tan solo beneficiaban a los hombres, lo que quiero decir es que el mundo no es tan así. A lo que me refiero es a que en la vida 2+2 no es 4, ni el comportamiento de las personas se puede medir con una regla. Entonces, para no desviárme de lo que quería escribir, ser mujeres en el siglo XXI se ha convertido en algo completamente complicado, en un concepto lleno de recovecos e infinidad de facétas, lo que muchas veces considero una ventaja, pero que otras se vuelve un juego de ajedrez. O díganme si no se han pillado en medio de la vida pensando en cuánto las confunde el infame Señor X (aquel hombre que siempre hace grietas en nuestra sanidad mental), o cuánto tiempo deberán esperar sentadas en un bar haciéndole ojitos descarados a algún galán anónimo hasta que vaya por ustedes, o incluso, buscando brujas de barrio que les digan si sus sospechas son ciertas con respecto a su prospecto universitario.

Y es que es eso exactamente a lo que me refiero, ser mujer es una cosa muy rara y difícil. Seamos sinceras, la liberación femenina sudamericana no ha terminado de ser. En algunos aspectos, sobretodo en lo laboral o académico hay una cierta tentativa de igualdad, ya en muchos lugares se reconocen las habilidades suprahumanas que poseemos las mujeres, etc. Pero en el ámbito romántico, todo es una maraña de reglas indescifrables que ni siquiera nosotras mismas queremos terminar de replantear. Es decir, todavía queremos cortejo medieval, pero a la vez queremos ser una fieras sin vergüenza en la cama. ¿Quién nos entiende?


Por ejemplo yo, conocí a un niño el semestre pasado, que por cuestiones de pudor personal llamaremos "S". Al comienzo me ponía extremadamente nerviosa, y cuando les contaba a mis amigas, hasta las cosas más estúpidas me parecían un gran avance. "¡Se sentó a mi lado!" , "¡Le dio risa mi aporte!", "¡Me habló en la fila del Oma!". En fin, mil bobadas que a medida que pasa el tiempo me doy cuenta que no eran nada, simplemente estaba siendo una persona amable, nada más. Con esa pequeña dosis de realidad entre manos, pensé: "Qué boba, si quiero que pase algo tengo que hacerlo yo misma". Sin embargo nunca hice nada, y ya estoy a puertas de un nuevo semestre y no hay ninguna señal de que compartamos alguna clase, es decir, nuestra  "oportunidad" ya pasó y dudo que regrese. ¿Por qué? Por el simple hecho de que en realidad no me atrevo a tomar las riendas de mi vida amorosa aunque soy una romántica empedernida, y por lo mismo algunas dirían que hasta ligeramente "machista" en ese sentido, a mí me gusta gustarle, me gusta que el me invite y sea él el primero que me hable. El lío es que hace mucho que eso no pasa...

Ahí es donde empieza mi cuestionamiento, ¿Cómo se supone que debemos actuar en estos tiempos modernos y liberados? ¿Cuál es el nuevo set de reglas amorosas? Sinceramente no tengo una respuesta. Pero por lo mismo he llegado a la conclusión de que esa es la mejor respuesta, porque de ese modo depende solo de nosotras plantearnos de qué manera queremos vivir nuestras relaciones y sexualidad. Este mundo es tan vasto, y el ser humano es tan complejo, que hemos llegado a un punto de la existencia en donde se puede decir que todo vale.
Lo único que no vale es dejar que se nos pase la vida entre especulaciones y preguntas sin respuesta. Todas deberíamos hacernos la idea de que lo que queremos está en nuestras manos, así que ya no hay confusión ni excusa que valga. Creo además, que ahí es donde está esa liberación femenina, en tener la opción y capacidad de elegir el qué, el cómo y el cuándo. Así que el cuento de hadas moderno es de nuestra propia autoría. De hecho en mi vida parecen llegar señales de humo que encuentro todo el tiempo en forma de amigos y consejeros, que me dicen que tener la  vida romántica que queremos es simple cuestión de estar atentas, abiertas y dispuestas. También ayuda saber qué es lo que queremos, de ese modo tendremos una suerte de antenita enviará señales que nos llevarán a la relación que buscamos. Además, como dicen los viejos, mejor arrepentirnos por lo que hicimos que por lo que dejamos de hacer...

¿El hombre ideal?





El viernes pasado estuve visitando a mi prima. Estábamos viendo unos vídeos en YouTube de una de esas bandas nuevas de jovencitos que producen malos pensamientos. Decíamos que era una lástima que fueran tan chiquitos, porque qué pena andar seriamente con un niño. Claro, porque ese es el problema, no el hecho de que sean celebridades inalcanzables, no. Sin embargo la idea me quedó rondando la cabeza y tras convertirse en un episodio de la imaginación, le dije a mi prima que empiezo a creer que uno, por lo menos una vez en la vida, tiene que meterse con alguien mucho menor. No sólo esto, sino que hay muchas experiencias que nos perdemos gracias a prejuicios estúpidos que no estoy muy segura por qué tenemos. Hombre ideal sé que no hay, eso del príncipe azul todas sabemos que pertenece solo los cuentos y las películas. Claro, podemos hacer mil listas mentales que intentamos rellenar cada vez que conocemos a un nuevo hombre con potencial. También podremos llegar a sentir que lo hemos encontrado, pero como todo lo bueno dura poco, inevitablemente hasta eso terminará mal. Pero dejando de lado romanticismos y corazones rotos, lo que quiero decir es que no deberíamos pensar que sólo hay un hombre para nosotras. Hay muchos, pero lo que tenemos que hacer es buscarlos siempre diversos. Mientras no estemos en edad de buscar marido, lo último en lo que tenemos que pensar es en si es el ideal, es mejor aprovechar nuestra edad para experimentar cuanto sea posible, lo que en últimas nos llevará a conocernos mejor y así cuando sí haya que sentar cabeza no tendremos un ápice de remordimiento o inseguridad por lo que nos perdimos. 
El jovencito
De todos los arquetipos de hombre ideal que describiré, el que más renuencia me ha causado es el que sea menor que yo. No estoy segura del por qué, pero hasta hace poco estar con un “niño” me causaba cierta aversión. A lo mejor es por ese extraño complejo de vejez que siempre cargo a cuestas, pero a medida que voy aceptando que apenas tengo 20 años creo que estaría bien eventualmente consumar algo con un garçon. Si lo piensan es hasta algo bueno para la salud mental el conocer a alguien para quien tú eres casi un ídolo, que piense que eres una admirable fuente de conocimiento y experiencia.  Ya sé que seguramente no es la situación ideal para entablar una relación a largo plazo, pero quién sabe. La mejor parte es saber que uno tiene el control, cuando generalmente es del modo contrario. No me refiero a estar con alguien dos años menor que uno, sino que la brecha sea por lo menos de 5 años. Nadie puede negar que hay algo de sexy en esos niños medio bad boys que parecen precoces para su edad y todavía no tienen la cabeza llena de problemillas cotidianos y aburridos. Recuerdo en mi colegio que dos cursos abajo mío había una especie de gang de niños malosos. A mí nunca me llamaron mucho la atención más allá de lo que me contaban que hacían los fines de semana, pero sí tenía una amiga que vivía enamorada platónica y perdidamente de ellos. Nunca llegaron a nada, obvio, pero cada vez me convenzo más de que hay que tener una experiencia así alguna vez.

El profesor
Al otro extremo de la vida está ser uno el menor, la infame Lolita de novelas y ensueños. Confieso que esta sí es una de mis fantasías, estar con un hombre mucho mayor que yo. Por qué no, con un profesor. A todas nos ha pasado, conocemos a ese profesor que no es muy viejo pero tampoco es joven, que parece que supiera todos los secretos del universo y mejor aún, de la sexualidad. He leído muchas veces mujeres que hablan sobre este aspecto, dicen que la cama no hay como compartirla con alguien mayor, que sabe lo que hace y además lo hace bien. Que disfruta haciéndolo a uno disfrutar. Y aunque uno ya no sea virgen con un hombre así vuelven las mariposas, pero no de enamoramiento, sino de expectativa. A diferencia de tener el control sobre una relación, que el hombre lo tenga es la mayor fantasía hasta de la más feminista. Lo malo es que ahí está el arma de doble filo, cuando no sólo el otro controla la situación, sino que además uno no tiene la más mínima voluntad frente a él. Sin embargo esto ocurre sea mayor, menor o igual, es el side effect por excelencia del enamoramiento.   
El invisible
Yo no creo en los cyber amores, lo diré así cruda y llanamente. Claro, creo que uno se puede enamorar de una idea, por algo los amores platónicos que nos hacen creer que entre nosotras y Ryan Goslin puede haber algo, o que Robert Pattinson está esperándonos. Pero no es más que eso. No creo que sea posible enamorarnos genuinamente de una pantalla de computador, o en el mejor de los casos de una voz al otro lado del teléfono. En lo que sí creo es en el caprichoso bienestar que produce sabernos el amor de otro. En lo lindo que es para nosotras y nuestro ego femenino recibir mensajitos durante el día que nos recuerde lo perfectas que somos, lo lindas que nos vemos en el profile picture y que alguien supuestamente fantasea con las sublimes curvas que creamos con poses incómodas que sólo es necesario sostener para una fotografía un tanto sucia, pero siempre sexy que esta noche enviaremos en privado. Es por esa razón que digo que es necesario tener un tinieblo cibernético. Es mejor que las afirmaciones que hacemos todas las mañanas frente al espejo. “Soy linda, valgo mucho, soy inteligente y cualquier persona tiene suerte de estar a mi lado”. No prefieren “Sos hermosa, pienso en vos todo el día. No puedo creer que encontré a una mujer a quien le pueda recitar el capítulo 68 de Rashuela y sepa de qué le hablo. Sha quiero viajar a Colombia, conocerte en persona, besarte y no dejarte salir del cuarto de hotel, ídola, besheza, me encantás” (sí, con acento argentino incluido y una sexy voz imaginaria). 
El Jim Morrison
Poeta maldito, músico o artista, y ojalá churro. Estos hombres son la mejor clase de patanes, porque te hacen sentir en una película mientras dura. Yo tuve una experiencia con algo parecido, y digo algo porque en realidad no estoy segura de qué fue ese extraño contacto semi alienígena. Lo conocí en un café, era amigo de una amiga. Al principio no me pareció un gran ser humano, por la reputación que tenía, hasta que un día tuvo la maravillosa idea de darme su mail y decirme “Agrégame a msn, o no. Como quieras…”, y salir del lugar sin mirar atrás. Hacer click en el muñequito de agregar fue firmar mi sentencia. Cuando comenzamos a hablar me deslumbraba con su sabiduría, estudiaba actuación, escribía y tenía una banda: mi hombre ideal a los 15 años. Ahora que lo pienso todas las situaciones en que me metía eran de lo más estúpidas, pero para la época yo sentía que escribía mi propia novela al mejor estilo de Nabokov. Las cosas entre nosotros nunca fueron normales, él se perdía por meses enteros, luego aparecía diciéndome cosas románticas, recitándome poemas de su autoría y hasta una vez me escribió una canción. Yo, por supuesto, me derretía cual chocolate. Las cosas acabaron cuando me di cuenta de que eso no era una relación y apareció alguien más dado a concretar su amor por mí. La verdad es que él no era ningún Jim Morrison, pero algo de patán perfecto tuvo para mí en ese momento y como buena enamoradiza caí rendida a lo groupie Woodstockiana. 
Boy-toy
Por último, y así suene objetivizador (si es que eso es una palabra), creo que toda mujer debe tener, en especial durante periodos prolongados de soltería, un fuck buddy. ¿Por qué? Pues porque es la opción más segura, médicamente hablando, y además garantía de no entrar en desesperación y terminar con alguien que no nos conviene, por pura desesperación. Sé cuáles son las desventajas, porque, insisto, no todo en la vida es tan maravilloso. Principalmente está la opción de volver los encuentros, que deben ser por encima de todo, casuales, una maraña de sentimientos, dudas y culpabilidades. Si sospechas que el hombre en cuestión tiene cierto gusto inconcluso por ti, lo mejor es que no juegues con su susceptibilidad y acabes en algo raro y enredado. Por el contrario, si es a ti a quien le gusta ese personaje, tampoco lo hagas, no creas que el sexo “is the way to a man’s heart”, eso es la comida, y a veces ni así. Lo único que conseguirás es aquella relación caótica y desesperada de la que te hablé. Si eres una persona insegura, tampoco es recomendable que elijas este tipo de relación casual, ya que a tu boy-toy no le podrás pedir cuenta de sus demás aventuras, no te contará cómo le va en su carrera, ni con sus amigos, ni te va a presentar a sus papás ni a la sociedad. Yo sólo digo que si lo encuentras, aprovéchalo como una experiencia que te dará cierto empoderamiento sobre tu sexualidad, cosa que nunca es mala… 

¿Fantasías o realidad?

Debo confesar que he dado muchas vueltas hoy para escribir este post. Creo que el tema a tratar es tan complicado de concretar como es de escribir. Las fantasías sexuales son un tema muy raro. Es decir, hay todo tipo de variantes, condiciones, experiencias y niveles de realidad. Son algo, sin embargo, de lo que no se salva ni la mente más pura. Así nunca nos atrevamos a convertirlas en realidad, sin darnos cuenta nos hacemos mil ideas en la cabeza, unas sucias, otras no tanto. Desde el cliché de pensar en Johnny Depp mientras lo hacemos con nuestro novio de más de dos años, hasta la picardía de imaginarnos con su mejor amigo. Ningún caso tiene nada de malo, como diría cualquier sexólogo "es algo natural y sano". Toda persona con un ápice de imaginación se pregunta de vez en cuando cuál es su mayor fantasía sexual. El problema en realidad no es tenerlas, es llevarlas a cabo. Esa es la parte que considero complicada, empezando porque muchas veces lo que es relativamente inocente dentro de nuestra cabeza puede ser incluso peligroso o incómodo en la realidad.

Para empezar, hay que saber diferenciar un fetiche de una fantasía. El primero es una parafilia, lo que quiere decir que sólo se logra el placer sexual gracias a un objeto en particular y no estrictamente por el acto sexual per sé. En cambio la fantasía es una imaginación ficticia e idealizada. Lo cierto es que muchas veces ambas definiciones se pueden cruzar, y mejor aún, la fantasía puede terminar siendo la realidad. Según muchos (tal vez casi todos), los artículos que leí para ilustrarme un poco más sobre el tema las fantasías están usualmente ligadas a la infidelidad. Esto es porque por lo general se cree que estas ilusiones sexuales están solamente sujetas a las parejas casadas, que tras años de monotonía "necesitan algo más" en sus relaciones. Así es que si buscan en Google "Fantasías sexuales", al menos los primeros 5 hits tendrán algo que ver con las relaciones monogámicas y el matrimonio. Sin embargo, me parece que no hay nada más alejado de la realidad. De hecho, aunque no sea algo de lo que se habla tan campantemente, muchas de mis amigas me han confesado al menos una de sus mayores fantasías sexuales.  La más común es estar con otra mujer. ¿Son lesbianas? No. Esa es la ventaja de la fantasía, que a fin de cuentas no significa nada más que deseo. No genera ningún compromiso imaginarse en una situación subida de tono con otra mujer, más allá de que a veces te dan curiosidad y ganas hacerlo. Incluso si consolidas tal acto, tampoco significa otra cosa que "cumpliste tu fantasía". Nada más. Es quizás por eso que las fantasías son algo tan misterioso y tentador, porque no te comprometen ni te definen.
No obstante, el que no te definan en alguna categoría de la sexualidad no quiere decir que no te ayuden a definirte como persona, ya que tener certeza de lo que eres y de lo que te gusta son cosas que ayudan tremendamente a la hora de entablar nuevas relaciones con los demás y afianzar la que tienes contigo misma. Quiero empezar ahora a hablar concretamente de las fantasías sobre las que he escuchado que más me intrigan. Comenzaré por la más básica y una que seguro alguna vez les habrá rondado la cabeza. Me refiero a los tríos. Hay dos tipos de situaciones, principalmente, que lo pueden llevar a uno a participar de un ménage à trois: Estar en pareja y querer experimentar en busca de algo; o estar en una situación que desprevenidamente se convirtió en acto sexual. Sé que obviamente hay muchas más razones, pero estas son las dos que más me llaman la atención, en parte porque son las dos sobre las que he escuchado experiencias. En la primera, cuando se está en pareja, creo que es un error garrafal creer que puede ser una solución, y por experiencia les diré que hay que ser exagerdamente confiados en uno mismo, más que en la pareja, para poder soportar una experiencia así. Mi experiencia no es precisamente un trío, pero sí la contemplación de saber que mi antiguo novio quería estar con alguien más. Por mi locura posesiva imaginé mil veces proponerle un trío antes de permitir libertinamente una pseudo poligamia barata. Ninguna de las dos cosas ocurrió, lo único que pasó fue que terminamos y él se fue con otra. Pero ese no es el tema, sino que sabía que si las cosas se hubieran dado, si le hubiera cumplido esa fantasía, sé por mi inseguridad crónica que todo hubiera sido un reverendo desastre. Un trío no soluciona nada, si algo genera son más dudas, positivas y negativas.
Por el contrario, en el segundo caso, si el acto polígamo se da naturalmente, por decir, entre amigos desprevenidos, la cosa es muy distinta. Un amigo me contó que cuando vivía en Argentina, después de una fiesta se quedó con algunos de sus compañeros de la universidad su apartamento "rematando" el festín. Ya casi entrada la madrugada y con el aburrimiento al acecho, uno de ellos propuso jugar La verdad o se atreve. Lo sé, típico, ¿no? Sin darse mucha cuenta, los retos empezaron a calentarse, ya no era sólo darse picos, ahora era quitarse prendas, darse besos de 1 minuto, y luego darse besos entre tres personas. En fin, ya saben cómo terminaron las cosas. Sé que no es un trío porque eran cinco personas, pero va por la misma línea de juego. A pesar de que parece una situación relativamente ideal, mi amigo me dijo que no lo fue precisamente. No he entendido bien a qué se refiere, pero él dice que había demasiada energía, que pasaban demasiadas cosas y todo era muy pesado. Siento que me aproximo cuando imagino lo que es tener una relación sexual normal, es un hecho que se manejan muchas sensaciones, muchas emociones y cosas cósmicas que sobrepasan mi entendimiento. Lo que también me hace pensar, cuando uno fantasea, sea sobre lo que sea, uno tiende a idealizar exageradamente toda la situación. Me inclino a creer que es en parte gracias a la televisión y el cine, y es que ¿a quién se le da por imaginar olores sonidos y sabores raros? Así que a la hora de concretar una fantasía es algo que debemos considerar, las cosas jamás jamás, por bien que vayan, van a salir tal y como las pensamos.
Observar a otra persona autocomplacerse o a una pareja o grupo en medio de una relación sexual, es otra de las fantasías que se me hacen más intrigantes. Imagino la escena, estoy buscando algún objeto que no me pertenece, tan prohibido como lo que está por pasar. Siento ruidos entre voces y risas, me escondo en el clóset de la habitación, y sin más preámbulo llega una pareja de conocidos y comienzan a intimar sin saber que hay unos ojos curiosos detrás de las rejillas del clóset. Algo similar como lo que pasa en el tercer capítulo de la serie Girls, cuando Shoshanna se queda atrapada en el loft mientras Jessa entra con su ex completamente seducido. La diferencia es que Shoshanna no lo disfrutó, de hecho quedó completamente pasmada y un tanto traumatizada. En cambio, cuando es una fantasía personal, no puede desencadenarse sino placer.
De mirar a ser miradas. Tener público, o al menos a un espectador deseoso pero incapaz de tocarnos. El juego de miradas, la sensación de ser el objeto de deseo de alguien más, así esto no tenga un desenlace fortuito ni real, es algo que no podemos negarnos. Incluso sé que muchas de ustedes alguna vez sintiéndose un poco aventureras habrán dejado la cortina abierta mientras se vestían o se alistaban para dormir. Sé también que algunas a sabiendas de que había alguien en la ventana de en frente disimulando sin mucho éxito, lo hicieron. 

Hasta ahora he tocado la punta del iceberg, soy consciente de que el tipo de fantasías que he nombrado son fáciles, hasta inocentes, en cuanto su consecución no llegaría a consecuencias relevantes. En cambio hay otras que requieren de mucha convicción. Para muchas de nosotras se quedarían eternamente guardadas en el cajón de la memoria. Una amiga mía, que por hoy llamaremos Lucía, me confesó que su mayor fantasía era ser una prostituta. Aclaro, no era que quisiera cobrar a cambio de sexo, sino que quería sentirse en control de una situación así. Su fantasía era dominar a un hombre, también en parte sentirse deseada. Imagino el poder y la satisfacción que debe darle a uno el hecho de que alguien quiera pagar por tan siquiera una hora de su tiempo. Le pregunté a Lucía por qué no llevaba esto a cabo, y con toda la razón aceptó que es muy complicado. Y es que ¿uno cómo hace eso? ¿Acaso uno puede simplemente un día pararse en una esquina y esperar al mejor postor? No creo. Si se vieron el episodio de Tabú Latinoamérica sobre la prostitución, sabrán más que bien que ese es un mundo oscuro y lleno de recovecos inimaginables. Es un trabajo donde si no estás en una posición privilegiada, corres un peligro inminente ante algún loco que te ofrezca unos pesos, y aún así, nunca estás exenta de nada.  Igualmente, esto no significa que sea imposible hacer realidad tu fantasía, si es como la de Lucía. Querer es poder, y debe haber muchas maneras de lograrlo garantizando tu seguridad. 
El mayor problema de algunas fantasías es que cuando se hacen realidad te pueden cambiar la vida. Una amiga que tuve en el colegio siempre imaginó meterse con un profesor. Le agradaba la idea de un hombre lo suficientemente mayor como para enseñarle cosas, y lo suficientemente joven como par que se fijara en ella. Y así pasó. Uno de nuestros profesores se fijó en ella. De hecho llegó a acosarla un poco. Recuerdo un día, después del prom de un amigo del colegio, y de que él nos dijera que no iba a ir, llegó y persiguió a mi a miga descaradamente toda la noche. Fue uno de esos casos en que uno no sabe lo que busca hasta que lo encuentra. Él comenzó, luego ella lo provocó, y cuando él siguió el juego, ella no supo sino esconderse. Esa misma noche, cuando llevé a mi amiga a su casa, dejó su celular en mi carro. Como era mi mejor amiga, cuando vi mensajes del número del profesor los leí. Eran algo sucios, lo que me hizo dudar de lo que ella me había dicho antes, que todo lo que hablaban era muy superficial. Igual ese no era mi asunto así que no le di muchas vueltas. Finalmente ellos nunca consumaron lo que se decían. A lo máximo que llegó todo fue a un tease por Skype. 
Sea cual sea tu fantasía sexual, así no estés dispuesta a hacerla realidad, al menos permítete imaginar escenarios inverosímiles o realistas. Hazlo, porque sólo así sabrás quien eres, sabrás lo que quieres. Una vez te decidas a convertirlos en realidad, debes estar abierta a los caminos inesperados a los que te llevarán. Sí, sé que suena todo un poco a sexual-self-help, pero es cierto. 

El rincón de los corazones rotos.

No sé si es casualidad o causalidad, pero últimamente sólo escucho sobre corazones rotos y solitarios. Algo más cruel que entregarlo todo y perderlo como polvo, no creo que haya. Sé bien que el amor es incondicional, y que se supone que el que ama de verdad no espera nada a cambio, y sí, pero la cuestión es mucho más complicada.
Partamos del hecho de que cuando amamos nos partimos. Nos hacemos un medio, para encajar con esa persona que pensamos ideal. Así que cuando las cosas se acaban, por más problemática que haya terminado siendo la situación, nos quedamos rotos, llenos de dolor, lágrimas y mocos. Se siente como si hubiera sido algo literal, como si en realidad nos hubieran hecho pedacitos la mitad del cuerpo. Lo sé, es un poco gráfico, pero sé que si lo han vivido saben a qué me refiero. Si todavía no han pasado por tales penurias, aunque suene macabro, se los recomiendo, porque por cursi que suene, mientras dura, el amor es perfecto.Recuerdo cuando tenía como 12 años, que mi mamá me llevó a un café llamado Jacque’s. Era pequeño y lujoso, lleno de cuadros, abarrotado casi hasta explotar de gente y postres. Cuando abrí la carta, hubo algo que me llamó mucho la atención, y no era sólo porque tenía chocolate, se llamaba “Amor perfecto”. Como romántica empedernida que soy, lo pedí. Para mi desilusión era un postre pequeñísimo. Empecé a comerlo, primero rápido y con ansias, luego más despacio cuando veía cercano su fin. El último bocado me dejó con ganas de más y con cierta desesperación. En ese momento entendí por qué se llamaba así, y es que bien deben saber que así es el amor: dulce y efímero. Excepto en algunos casos en que no sé bien cómo, la gente hace que perdure hasta que la muerte los separa.

De acuerdo con estudios científicos, el cerebro procesa el rompimiento amoroso igual que procesa una herida física, así que cuando decimos que sufrimos de un corazón roto, para nuestro cerebro y cuerpo es verdad. Pero no todo es tan sencillo, no es como que así mismo haya una cura, ni una vacuna preventiva. En cuestiones de amor, nada puede evitarnos darnos golpes, ni todo el raciocinio del universo. 

Hace ya casi 11 meses terminé con mi último novio (Dios.. ¡Cómo pasa el tiempo!). No
ha sido nada lindo desde entonces. Puedo decir que por primera vez sentí que toqué fondo. Con él, las cosas empezaron rápido y yo sentía que a su lado todas las fantasías que había tenido se habían hecho realidad. Sin darme cuenta, me dejé llevar en una danza enamorada hasta rincones del corazón que cambiaron por completo la persona que era. No diré que me arrepiento de nada, no cambiaría las cosas que terminaron pasando, porque hoy entonces no sería yo. Para hacer una larga historia corta, él me hizo creer que había encontrado al amor de mi  vida, al hombre con quien quería pasar el resto de mis días. Al final, todo terminó en una gran pérdida y golpe tras golpe de realidad. Debo aceptar por primera vez que las cosas empezaron a fallar poco antes de que cumpliéramos un año juntos, pero nada pudo prepararme para que él permitiera que otras mujeres se pusieran en el medio. Díganme ustedes, cómo la persona a la que le haz prometido el cielo, las estrellas y el infinito puede llegar a significar tan poco como para que un día así no más otra pese igual...

Sobra decir que fue más que desastroso el final de la relación, ha sido un proceso de casi un año, como mencioné antes. Un año donde no había podido hacer el duelo pertinente sino hasta hace una semana, cuando él decidió que era momento de volver a enamorarse. A pesar de que durante el último año tanto él como yo nos habíamos enredado con otras personas, siempre había sido de manera casual. Sé que suena estúpido e ingenuo, pero él, pese a lo que había ocurrido, me había prometido jamás dejar mi lado, aunque no fuéramos novios, me había dicho que nunca iba a encontrar a alguien que significara tanto como yo,  motivo por el cuál prefería quedarse sólo. También me dijo que dejaba nuestra relación porque sentía que a mí todavía me faltaba mucho por vivir, y que en unos años, cuando fuera momento de formalizar las cosas, no podría estar tranquilo sabiendo que cabía la posibilidad de que yo me arrepintiera por sentir que me había perdido de muchas cosas. Ingenuo o no, estúpido o no, todas esas promesas resultaron ser una cruel mentira que duró hasta el día que apareció su actual novia. Pero antes de poder odiarlo o sentir esas ganas imperantes de hacerle vudú, creo que he llegado a entenderlo.

Está bien, no puedo entenderlo a él, pero sí al ser humano, o al amor. A través de esto que pasó puedo entender que como hombres somo increíblemente maleables según nuestro contexto. Es decir, cuando nos llega el momento perfecto nunca dudamos en prometer hasta la eternidad, porque eso es lo que nos hace sentir el amor. Nos hace sentir infinitos, inmensos y capaces de evadir la muerte y el destino. El amor es entonces la única prueba que tenemos de que Dios existe, de que debe haber algo más allá de nuestros cuerpos y nuestras mentes limitadas por una realidad que no siempre es ideal. Es por esa razón que aunque hoy sienta que mi corazón está agotado y marchito, quiero volver a amar, no me quiero negar ese pedazo de cielo sólo porque un pequeño mortal no supo qué hacer conmigo. 




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